domingo, 15 de febrero de 2015

Hable con ella

Hace algunas semanas, un suceso quebró la cadencia que suele haber en consultorio. El suceso dejó en evidencia la percepción errónea que el común de la gente tiene sobre algunos pacientes con trastornos mentales.  Entre personal de salud, esta percepción lamentablemente es igual o peor, y dentro del personal de salud incluyo a psiquiatras y otros especialistas en salud mental.

Una señora de unos 50 años había sido derivada de su centro de salud, donde era atendida regularmente, pero las atenciones psiquiátricas cesaron y le indicaron que vaya al hospital. La mujer comenzó a pedir una cita y al no encontrar una respuesta satisfactoria elevó su volumen de voz, acompañando sus reclamos con algunas "incongruencias". No puedo dar mayores detalles porque no pude ver la acción, sólo escuché los gritos de la señora. Para cuando salí los vigilantes de consultorio habían sacado a la señora del hospital, incluso uno de los vigilantes se quejó porque la dama les había propinado algunos golpes mientras forcejeaban para sacarla del hospital. 

Los vigilantes suponían que el problema se había solucionado, sin embargo la señora no había conseguido lo que quería, y como es lógico (desde mi punto de vista) regresó para conseguir su cita. Los gritos se repitieron y esta vez salimos algunos médicos a la recepción de consultorio. Por todo lo que había escuchado esperaba encontrarme a alguien fuera de sí,  repartiendo golpes o amenazando a la gente. Pregunté quien era la señora y si bien tenía una apariencia peculiar (traía consigo 2 botellas de plastico grandes y vacías, y lucía descuidada en el aliño), me permitió hablar, le dije que pasaría a consultorio, pero que no era necesario gritar. La señora accedió e ingresó a consultorio. Comenzó a contarme sus penas con sus familiares,  se desviaba con facilidad del hilo de la conversación,  le ofrecí una medicación vía oral y accedió.  No estaba en posibilidad de ofrecerle una ampolla porque estaba en consultorio y la paciente me había advertido que no quería "pinchazos en su cadera". La escuché por un rato y luego comenzamos a hablar sobre su tratamiento y como había llegado ese día. Le expliqué que lo mejor en ese momento era ser atendida en emergencia,  ubicar a sus familiares y posiblemente regresar a casa.

Le propuse ir a la emergencia del INSM,  que incluso un médico residente la acompañaría. Lo anecdotico es que el residente que la acompañaría se llama Jesús y el discurso de la señora giraba mucho sobre temas de religión, sin embargo ello no fue un factor preponderante para su aceptación a ser trasladada.

Creí que lo mas conveniente era finalizar yo mismo el proceso, así que me decidí a acompañarla junto a Jesús y un rotante. Felizmente ahora existe una comunicación entre el hospital y el INSM, y ya no es necesario salir y caminar mucho.

Mientras caminábamos me contaba de su familia, de sus atenciones en el centro de salud y al ingresar al INSM me dijo que conocía el lugar, al parecer había estado hospitalizada alguna vez. La dejamos en emergencia,  luego de haber hablado con el enfermero y regresamos a consultorio. 

El motivo de esta historia es para llamar la atención sobre nuestra actitud hacia pacientes con trastornos mentales. El Profesor Grover Mori siempre nos recuerda que los pacientes no son violentos, los "sanos" somos quienes promovemos la violencia.  Este caso lo grafica bien. La señora nunca intentó agredir, su comportamiento y su aspecto eran reflejo de su problema mental. Ella buscaba una atención y no se sentía comprendida y persistía, quizás con maneras diferentes porque son parte de sus síntomas. La agresión a los vigilantes era la respuesta al uso de la fuerza física por parte de aquellos. Entendamos que algunos procesos y señales sociales no siempre son aprehendidas por el paciente, pero la respuesta es tal cual una persona común y corriente.  Si estoy reclamando algo y de repente vienen unas personas a sacarme, trato de defenderme de aquello. Una cosa es justificar un hecho, que puede pasar por discusiones ajenas a la salud, y otra cosa es comprender la génesis del hecho. Si trato de ponerme en los zapatos de aquella persona que considero tan lejana a mí, conversare con la persona y podré entender los riesgos que llevan determinadas acciones, por lo tanto evitaré medidas como las señaladas y no se habrá producido un hecho que tenga que ser justificado.

Un colega me comentaba del consejo que recibió en otro hospital. A toda persona que venga con una queja hágala pasar y escuchela,  no se limite a dar una respuesta sobre la marcha. Es mejor "perder" unos minutos que perder la confianza de un paciente, tener que acudir a responder un memorándum y demás trámites burocráticos, donde el jefe posiblemente tenga el mismo prejuicio de la mayoría de gente.

El título de la entrada recuerda a una película de Almodóvar que encaja perfectamente con la prevención de estos casos: Hable con ella (él).

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